Que en Berlín uno descubre constantemente fascinantes e inesperadas perversiones no tiene nada de nuevo. Basta con pasarse por la web del Lab·oratory y consultar su calendario de sugerentes eventos para descubrir no solo un amplio abanico de marranadas, sino también el hecho de que muchas de ellas ya andaban agazapadas en algún rinconcito de tu cabeza desde hace tiempo, esperando cualquier oportunidad para ponerse delante de tus narices y arruinarte la vida (o alegrártela un poco).

Sin embargo, muy lejos de los cuartos oscuros y de los sótanos donde el nivel de popper en el aire puede cortarse con un cuchillo, existen lugares ideales y aparentemente inocentes donde, cuando menos te lo esperas, puedes dar con un espécimen berlinés que conviene analizar: el papito de Prenzlauer Berg. Pongámonos en contexto: Kollwitzplatz, domingo, hora del brunch. Quizás el lugar menos sugerente y sexual en el que has puesto un pie en tu vida. Hasta que ves al papito de Prenzlauer Berg cruzando la zona infantil. Esbelto y atlético a sus treintaymuchos (o cuarentaypocos), barba de tres días, pelazo rigorosamente despeinado, indumentaria con las primeras marcas. Si tú tuvieses que bajar a un crío al parque en fin de semana y a esas horas, lo harías de resacón, empijamado y sin duchar. El papito de Prenzlauer Berg pertenece a otra raza y, mientras sujeta a su retoño rubio-a-más-no-poder, su mirada se cruza con la tuya por un instante. Caes fulminado.

Bueno, más que caer… lo que haces en realidad es quedarte sentadito en tu banco, comiéndote un cruasán nuss-nougat y pensando en todas las cosas que le harías al papito de Prenzlauer Berg y las que demandarías insistentemente que él te hiciese a ti. Si, por casualidad, estás en compañía de algún colega, puedes multiplicar el nivel de las barbaridades por mil. Una calenturienta espiral de quiero-y-no-puedo que solo se ve detenida por la entrada en escena del último factor de la fórmula: la mujer del papito de Prenzlauer Berg. Es entonces cuando sale lo peor de ti mientras tratas de imaginar cómo esa grandísima zorra ha podido echarle el lazo, si bien es cierto que tus reflexiones suelen terminar con un cálido reconocimiento a su destreza y habilidades para la conquista.

¿Puede ser peor? Sí. Si tu madre no te lo ha dicho nunca, te lo digo yo: ten cuidado con lo que sueñas, porque podría convertirse en una (creepy) realidad.  Y si cuando llevas una temporada viéndote con un madurito interesante y, sin saber por qué, se te ocurre preguntarle “oye, ¿tú no estarás casado?”, ten por seguro que la respuesta no va a gustarte ni un pelo. Al menos, siempre os quedarán los domingos en Kollwitzplatz.

A nightmare on Kollwitzplatz“

Fact: Berlin will always provide you with new and unexpected perversions. Just by taking a look at Lab.oratory’s website and checking its highly suggestive calendar of events, you can discover not only a new wide variety of filthiness, but also the fact that those dirty tricks were always there in your mind. They‘ve just been waiting for the right moment to show up and destroy or cheer up your life.

But far away from dark rooms and basements where you breathe poppers for air, there are other nice and quiet places. It‘s often there and when you least expect it, that you may have to confront a Berlin specimen that‘s well worth analyzing: the Prenzlauer Berg Daddy.

Let’s place this in a popular setting like  Kollwitzplatz on a sunday at brunch time. It may turn out to be the least sensual place you have ever vistited. But wait until you see the P-Berg Baddy crossing the park. Slender, athletic, in his lately thirties to early forties, with three-day beard, perfectly uncombed hair and wearing only the finest of clothes brands. If you had to ‘walk’ a kid on a sunday morning, you’d do it in your stinky pajamas with a banging hangover. But the Prenzlauer Berg Daddy belongs to a different race. While holding his extremely blond child in his arms, your eyes may meet his by chance and then… nothing.

Well, not rcompletey nothing. You may sit down just anywhere and eat your nuss-nougat-croissant while thinking about all the things you‘d like to do to your P-Berg Daddy. And of course there‘s all the filthy stuff to think about that you expect him to do to you. If in company of any of your silly friends, then you can multiply the level of filthiness by ten at least and find yourselves in a never ending spiral that will stop only because of one thing. The third element on the formula: the pretty P-Berg Daddy‘s wife. It is then when you discover the worst in you, even though you have to recognize her abilities for hunting and keeping a man like this.

Can it get any worse? Sure. If you mother never told you, then I will do it now: be careful what you wish for, because a horny daydream might turn into creepy reality. Because if after a few weeks of dating some interesting mature guy, you might find yourself asking him: “You’re not gonna marry me, are you?” Be sure you won‘t like his answer.

But of course you both could always spend sundays on Kollwitzplatz together.

Paco Ruiz for Boner Magazine

www.ydecomerconejo.com

Was denkst du darüber?

HINTERLASSE EINE ANTWORT

Please enter your comment!
Please enter your name here